EL SILENCIO
¿Por qué escribo así?
No escribo para resolverlo todo.
Alguna vez le dije a una maestra que, para mí, la filosofía se parecía a aprender un idioma: cada palabra abría la puerta a otra, y esa, a su vez, conducía a una más. Cada pensamiento llevaba inevitablemente hacia otro pensamiento.
Con el tiempo, esa idea se convirtió en una inquietud persistente: cuando no se piensa críticamente aquello que se recibe, se corre el riesgo de permitir que un libro, una persona o una autoridad lo deje todo resuelto. Y cuando algo queda resuelto por otros, también se pierde la posibilidad de pensar por cuenta propia.
Por eso escribo como escribo.
No busco finales felices.
No pretendo juzgar.
Busco espejos.
Escribo desde la necesidad de impedir que algo valioso se pierda. No certezas. No respuestas. No fórmulas. Apenas la posibilidad de que quien lea piense un poco más hondo que antes.
Escribo desde aquello que me provoca duda, temblor e incomodidad. Desde lo que me obliga a mirar hacia adentro. Escribo para comprenderme y, al mismo tiempo, para dejar preguntas abiertas en quien se acerque a estas historias.
Me interesa ese territorio donde la vida no obliga a elegir entre el bien y el mal, sino entre dos bienes que se contradicen. Entre el silencio que consuela y la verdad que destroza.
Por eso no quiero que el lector juzgue de inmediato. Prefiero que se pregunte qué haría en el lugar de los personajes. Porque todos, en algún momento, nos enfrentamos a encrucijadas donde ambos caminos duelen, y elegir significa decidir cuál de esos dolores estamos dispuestos a atravesar.
Escribo para que el lector se reconozca y se inquiete, aun sabiendo que el camino hacia lo esencial no suele ser cómodo. Escribo desde la convicción de que nadie puede guiar a otro hacia una pregunta verdadera si antes no se atreve a mirarse a sí mismo sin desviar los ojos.
También escribo desde un temor íntimo: que llegue un día en que ya no sienta nada al hacerlo. Porque ese día, lo sé, habría dejado de buscar la verdad.
¿Qué me interesa ver cuando escribo?
Me interesa mirar aquello que se esconde en el alma, incluso cuando es oscuro.
No escribo para multitudes. Escribo para quien está listo. Y con uno basta. Un solo lector puede justificar todo el esfuerzo.
Mis historias existen porque creo que los seres humanos cargamos emociones que preferimos ocultar. Las escondemos por vergüenza o por miedo a ser juzgados, incluso por quienes también las padecen, pero eligen señalar antes que comprender.
Vivimos rodeados de personas que prefieren cubrirse con la mentira más cómoda: la apariencia. Y no con aquello que se nombra con facilidad, pero se practica poco: la empatía.
Mis novelas buscan funcionar como alegorías íntimas. No ofrecen respuestas públicas. Invitan a una decisión íntima: preguntarse qué haría uno mismo en esa situación. Qué podría tolerar cada vez que se mirara al espejo.
Creo que las verdades más importantes suelen vivir escondidas en las sombras. Creo también que, en ciertos momentos de la vida, nuestras acciones pueden estar equivocadas incluso cuando creemos tener razones para justificarlas.
Por eso escribo para nombrar esa oscuridad silenciosa que habita en muchos y que casi nadie se atreve a señalar.
Porque si no la nombro ¿quién lo hará?
¿Quienes escriben para agradar?
¿Quienes escriben para ser aplaudidos?
Esa escritura puede acompañar. Incluso puede entretener.
Pero no siempre despierta.
Yo, en cambio, escribo para que el lector despierte.
Y despertar duele.
¿Por qué mis historias no buscan consolar?
Porque la literatura que solo consuela a veces corre el riesgo de adormecer.
No escribo para cubrir la herida con una frase amable, sino para mirar qué la produjo. Me interesa ese punto incómodo donde el lector comprende que el dolor no siempre nace de la maldad evidente, sino de aquello que se calló durante demasiado tiempo.
En mis historias, el silencio no es ausencia. Es peso. Es una habitación cerrada. Una verdad retenida hasta volverse daño.
Hay secretos que se guardan con mentiras, pero también hay secretos que se sostienen con silencio. Y a veces el silencio parece más noble porque no dice nada, porque no acusa, porque no expone. Pero también destruye. También abandona. También permite que otros vivan alrededor de una verdad que nadie se atreve a nombrar.
Por eso mis historias no buscan consolar.
Buscan incomodar con cierta honestidad. Buscan llevar al lector hacia ese lugar donde ya no puede preguntarse solamente quién tuvo la culpa, sino qué parte de la verdad fue enterrada para que la tragedia pudiera crecer.
Porque hay dolores que no necesitan consuelo.
Necesitan ser vistos.