EL SILENCIO

Hay silencios que se justifican como prudencia.

Otros se presentan como bondad.

Pero no todos protegen.

A veces callamos no para cuidar al otro, sino para no incomodarnos a nosotros mismos. Porque decir la verdad exige hacerse cargo de lo que viene después: la incomodidad, el conflicto, la pérdida de una imagen que nos convenía sostener.

Pero también puede ser una forma lenta de abandono.

Puede evitar una herida por un tiempo, sí. Pero también puede dejar que la mentira respire, crezca y ocupe el lugar que debió pertenecerle a la verdad.

Por eso escribo sobre el silencio.

Porque a veces lo que no se dice termina destruyendo más que aquello que se dijo tarde.

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