EL MENSAJE

Capítulo Uno
El mensaje

Jeremías conducía de regreso a casa después de pasar la noche con su mejor amigo cuando el semáforo cambió a rojo.
Detuvo el coche.
A volumen bajo, los parlantes reproducían Todo lo que quedó.
Entonces sonó su teléfono.
Jeremías bajó la mirada hacia la pantalla.
Volví al lugar.
No necesitó ver el nombre.
Reconoció al remitente por el fantasma con la lengua afuera al final del mensaje. Era una costumbre que había tenido desde que eran adolescentes.
Jeremías permaneció inmóvil.
Hacía años que no sabía nada de él.
Y había procurado que siguiera siendo así.
El semáforo cambió a verde.
El conductor detrás de él tocó el claxon.
Jeremías volvió la mirada al frente y avanzó.
No respondió el texto.
Unos segundos después, el teléfono volvió a sonar.
No puedo hacerlo solo.
Esta vez Jeremías siguió conduciendo durante media cuadra antes de orillarse junto a la banqueta.
Apagó el motor.
La canción continuó sonando dentro del coche.
Miró nuevamente los dos mensajes.
Aurelio no era un hombre que pidiera ayuda.
Mucho menos a él.
Jeremías permaneció unos segundos con el teléfono entre las manos, intentando imaginar qué podía haber ocurrido para obligarlo a romper tantos años de silencio.
Después puso nuevamente el coche en marcha.
No respondió.
No hacía falta.
Iba hacia allá.

Capítulo Dos
El regreso

Mientras conducía hacia la antigua propiedad, los recuerdos comenzaron a regresar en fragmentos.
•••
Jeremías y Aurelio habían pasado aquella tarde con dos compañeras del trabajo en la casa que había pertenecido a un tío excéntrico de Aurelio.
Habían bebido demasiado.
Sobre la mesa quedaban botellas de whiskey, vasos a medio terminar y restos de cocaína.
Laina bailaba descalza en medio de la sala cuando se acercó a Aurelio y terminó sentándose sobre sus piernas.
Jeremías, también ebrio, sacó el teléfono y comenzó a grabarlos.
Laina tomó las manos de Aurelio y se las llevó al cuello.
—Más fuerte.
Aurelio vaciló.
Ella insistió.
Al principio obedeció con cuidado.
Después dejó de hacerlo.
Jeremías bajó lentamente el teléfono.
—Aurelio…
Él no reaccionó.
—¡Aurelio!
Cuando finalmente soltó a Laina, su cuerpo cayó hacia un lado.
Inmóvil.
Durante unos segundos nadie habló.
Magdalena gritó.
Después corrió hacia la puerta.
—¡Espera! —gritó Aurelio.
Salió detrás de ella.
Jeremías tardó apenas unos segundos en reaccionar y los siguió, todavía con el teléfono en la mano.
Cuando llegó al patio, Aurelio estaba de pie junto al camino.
Magdalena yacía en el suelo frente a él.
Jeremías se detuvo.
—¿Qué hiciste?
Aurelio giró lentamente.
—Me voy a encargar de todo.
Jeremías miró a Magdalena.
—¿Está…?
—No preguntes.
Aurelio se agachó y la levantó con sorprendente facilidad.
—Tu trabajo es muy sencillo: no preguntas nada y no hablas de esto con nadie.
Jeremías permaneció inmóvil.
Aurelio sostuvo su mirada.
—Ni siquiera tú y yo volveremos a mencionarlo.
Jeremías guardó el teléfono.
Asintió.
Y corrió hacia su coche.
•••
El sonido de un nuevo mensaje lo devolvió al presente.
Jeremías bajó la mirada.
Apaga las luces del coche. Estoy esperándote en la entrada.
A lo lejos comenzaba a distinguirse la silueta de la antigua propiedad.
Jeremías redujo la velocidad.
Y apagó los faros.

Capítulo Tres
Lo que quedó allí

Jeremías se acercó a Aurelio con una incomodidad que no provenía solamente de los años que habían pasado sin verse.
También estaba allí la última vez.
Aquella noche.
—Aurelio…
Su antiguo amigo asintió apenas y le indicó con una seña que lo siguiera.
Caminaron en silencio hasta la entrada de la casa.
Aurelio se detuvo frente a la puerta.
—Ha ocurrido algo que puede sacar todo a la luz.
Jeremías sintió que se le tensaba el estómago.
—¿De qué hablas?
—Vendieron la propiedad.
—¿Y?
—El nuevo dueño va a remodelarla.
Jeremías guardó silencio.
Aurelio continuó:
—Mandó a un trabajador para empezar algunas demoliciones.
La mirada de Jeremías cambió.
—¿Qué encontró?
Aurelio sacó el teléfono.
—Míralo.
Reprodujo un video.
La grabación mostraba a un albañil trabajando en el interior de la casa. Golpeaba una pared con un marro, retirando pedazos de yeso y madera.
Uno.
Otro.
Hasta que parte del muro cedió.
El hombre retrocedió de golpe.
Algo cayó entre los escombros.
Jeremías acercó el rostro a la pantalla.
Primero distinguió polvo.
Después huesos.
Restos humanos.
El albañil permaneció inmóvil durante unos segundos. Luego se aproximó lentamente y se agachó para observarlos.
Sacó el teléfono del bolsillo.
No alcanzó a marcar.
Una figura apareció detrás de él.
Aurelio.
El golpe lo derribó de inmediato y su teléfono cayó debajo de un mueble cubierto con una lona.
El video terminó.
Jeremías levantó la mirada.
—¿Lo mataste?
Su voz apenas salió.
Aurelio negó lentamente.
—No.
Guardó el teléfono.
Después abrió la puerta de la casa.
—Pero ahora tenemos otro problema.
Entró.
Jeremías permaneció afuera unos segundos.
Miró la oscuridad al otro lado de la puerta.
Después lo siguió.

Capítulo Cuatro
Aquella noche

Aurelio subió las escaleras sin decir una palabra.
Jeremías lo siguió hasta el final del pasillo, donde se detuvieron frente a una enorme puerta de madera.
La reconoció de inmediato.
Había sido la habitación del tío de Aurelio.
Aurelio abrió.
Jeremías se quedó inmóvil.
El albañil estaba atado a una vieja silla de cuero. Tenía los ojos hinchados y el rostro marcado por el miedo.
Aurelio se colocó detrás de él.
—¿Qué hacemos con él?
Jeremías lo miró, incrédulo.
—¿Qué quieres decir?
—Sabes perfectamente qué quiero decir.
—Déjalo ir.
Aurelio soltó una pequeña risa.
—¿Así nada más?
—Puede guardar silencio.
—¿Por qué habría de hacerlo? Ni siquiera nos conoce.
—Porque quiere seguir vivo.
El albañil comenzó a asentir desesperadamente.
—No diré nada —balbuceó—. Se los juro. No vi nada.
Jeremías señaló hacia él.
—¿Ves?
Aurelio tomó del suelo el mismo bate con el que lo había golpeado.
Jeremías dio un paso hacia él.
—No necesitas hacer esto.
—Sí.
—¡Claro que no! Además, preguntarán por él. El dueño sabe que vino a trabajar aquí. Mandará a alguien más.
Aurelio sostuvo el bate entre las manos.
—El único muro que podía revelar algo ya está abierto.
—Eso no resuelve nada.
—Resuelve una parte.
Jeremías intentó pensar.
Tenía que existir otra salida.
—Podemos…
No alcanzó a terminar.
Aurelio golpeó al hombre.
Jeremías cerró los ojos por instinto y retrocedió.
Cuando volvió a abrirlos, el albañil ya no se movía.
—¡Estás loco!
Aurelio dejó caer el bate.
—Ahora ya sabes por qué necesitaba que vinieras.
Jeremías lo miró.
—¿Para eso me llamaste?
—Has presenciado dos muertes conmigo.
Jeremías negó lentamente.
—La primera fue un accidente.
—Explícaselo a la policía.
Aurelio se acercó un paso.
—Tienes el video de aquella noche. Estabas ahí. Huiste. Nunca dijiste nada.
Jeremías sintió que se le helaba el cuerpo.
Entonces entendió.
Aurelio no lo había llamado para pedirle ayuda.
Lo había llamado para hacerlo parte de aquello.
Otra vez.
—No pensé que fueras capaz de esto.
Aurelio se encogió de hombros.
—Algunas personas sabemos decepcionar.
Jeremías retrocedió hacia la puerta.
No quiso darle la espalda hasta llegar al pasillo.
Después bajó las escaleras casi corriendo.
Esperó escuchar pasos detrás de él.
No los escuchó.
Atravesó la puerta principal, llegó hasta su coche y entró.
Cuando levantó la mirada, Aurelio estaba de pie bajo el marco de la puerta.
Observándolo.
Jeremías encendió el motor.
Por un instante ambos se miraron desde la distancia.
Entonces aceleró.
Y no volvió la vista atrás.

Capítulo Cinco
El verdadero mensaje
Pasaron tres meses desde la última vez que Jeremías vio a Aurelio.
Durante las primeras semanas, las pesadillas lo despertaban casi todas las noches.
A veces veía el rostro de Laina.
Otras, al albañil sentado en aquella silla.
Pero poco a poco consiguió recuperar cierta normalidad.
Volvió al trabajo.
Al gimnasio.
A las cenas familiares.
A ayudar a su hija con las tareas y a escuchar a su esposa hablar de cosas pequeñas que, después de aquella noche, comenzaron a parecerle extraordinariamente importantes.
Una noche de viernes regresaron a casa poco después de la medianoche.
Habían cenado con unos compañeros de trabajo.
Había sido una buena velada.
De esas que durante unas horas conseguían hacerle creer que su vida todavía le pertenecía.
Su esposa entró primero a la ducha.
Jeremías esperó sentado al borde de la cama, revisando algunos mensajes sin importancia.
El fin de semana viajarían a casa de sus padres.
Su hija llevaba días hablando de ello.
Cuando salió del baño, su esposa ya dormía.
Jeremías se acostó a su lado, acomodó la manta sobre sus hombros y le dio un beso en la frente.
Después tomó el libro que tenía sobre el buró.
Leyó durante algunos minutos.
Las palabras comenzaron a mezclarse.
Cerró el libro.
Apagó la lámpara.
Por primera vez en varios días sintió que el sueño llegaba sin traer consigo ningún recuerdo.
Cerró los ojos.
Entonces sonó el teléfono.
Jeremías abrió los ojos.
Olvidé ponerlo en silencio.
Estiró la mano con fastidio.
La pantalla iluminó la habitación.
Número desconocido.
Pensó en dejarlo para la mañana.
Pero lo abrió.
Había una fotografía.
Jeremías se incorporó lentamente.
Era una imagen tomada dentro de la antigua propiedad.
La pared abierta.
Los restos.
Y, reflejados en un viejo espejo al fondo, dos hombres.
Aurelio.
Y él.
Debajo de la fotografía había un mensaje.
Sé lo que hicieron.
Jeremías sintió que el aire desaparecía de la habitación.
Un segundo mensaje llegó inmediatamente.
Y esta vez no podrán enterrarlo.
Se quedó mirando la pantalla.
A su lado, su esposa continuaba durmiendo.
Jeremías volvió a mirar la fotografía.
Entonces vio algo que no había notado al principio.
En una esquina de la imagen aparecía la fecha.
Era de aquella noche.
La noche en que Aurelio había matado al albañil.
Jeremías levantó lentamente la mirada hacia la oscuridad del dormitorio.
El teléfono volvió a vibrar.
Un tercer mensaje.
Pronto hablaremos.
Jeremías no respondió.
Por primera vez en tres meses comprendió que el silencio nunca había sido una salida.
Sólo había sido tiempo prestado.

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