Habitación 448
Ulises levantó la vista al sentir que alguien se sentaba frente a él.
Le desconcertó un poco. El bar del lobby acababa de cerrar y el reloj, detrás de las botellas, marcaba varios minutos después de la medianoche. Afuera, las puertas de cristal devolvían el reflejo de las luces de la ciudad; adentro, todo parecía suspendido en ese silencio particular de los hoteles caros cuando la noche se vacía.
—¿Está usted bien? —le preguntó al notar la lágrima que descendía por la mejilla de la mujer.
Ella asintió sin hablar.
Era hermosa. El cabello castaño le caía sobre los hombros con un descuido elegante, como si incluso el dolor en ella tuviera forma.
—Mi nombre es Ulises, ¿qué le sirvo?
Los ojos húmedos de la mujer se clavaron en los suyos.
—Me llamo Elena. Sírvame lo que sea que me haga olvidar.
Ulises dejó caer un cubo de hielo en un vaso de cristal. El sonido resonó más de la cuenta.
—Hay algo que ayuda a olvidar por un momento —dijo él mientras servía whiskey—. Y hay algo que hace olvidar para siempre.
Ella levantó apenas el rostro.
—¿Y el “pero”?
Él dejó el vaso frente a ella sin responder.
Elena bebió despacio, dejando que el licor le quemara la garganta y el pecho, como si aquel ardor pudiera arrasar también con lo que llevaba dentro.
—Ponme otro.
Ulises obedeció.
—Entonces, Ulises… ¿qué es lo que me haría olvidar por un momento? ¿Y qué me haría olvidar para siempre?
—Depende de qué le duela —respondió—. Y de cuánto esté dispuesta a perder para dejar de sentirlo.
Elena sostuvo el vaso entre las manos.
—Lo que siento es una pérdida. Y sé que no se va a ir nunca.
Ulises la observó unos segundos. Después tomó otro vaso, salió de detrás de la barra y se sentó a su lado. El aire acondicionado del lobby les rozaba la piel con una frialdad pareja.
Sirvió whiskey para ambos y levantó el suyo.
—Puedo darle las dos cosas. Sólo tiene que confiar en mí.
Elena sonrió sin ganas.
—No tengo nada que perder.
Ulises no bebió.
—Eso también significa que ya no tiene nada por qué pelear.
Ella lo miró con cansancio, pero sin apartarse.
—Me gusta cómo lo dices.
Ulises extendió la mano.
—Ven.
Cruzaron el lobby vacío. Pasaron frente a los sillones impecables, la alfombra gruesa y los arreglos florales que, a esa hora, parecían demasiado perfectos para ser reales.
En el elevador, las puertas de acero les devolvieron un reflejo deformado.
—Mi habitación es la 448 —murmuró Elena, sin saber por qué sentía la necesidad de decírselo.
Ulises asintió.
Durante el ascenso, Elena percibió la cercanía de su cuerpo y deseó que la abrazara. Que la besara.
Se miró un instante en el espejo y no terminó de reconocerse.
No era solamente deseo.
Era un cansancio hondo. Uno de esos que hacen desear un cuerpo ajeno no para poseerlo, sino para descansar dentro de él.
La puerta se abrió en el cuarto piso.
El pasillo estaba desierto, cubierto por una luz tenue que volvía anónimos todos los hoteles. Elena caminó hasta la 448, apoyó la tarjeta sobre la cerradura y escuchó el clic.
Se detuvo con la mano sobre la perilla.
No supo si dudaba de él o de sí misma.
Después abrió.
La habitación olía a sábanas limpias y aire frío. Más allá del ventanal, la ciudad continuaba despierta. Sobre el buró había una botella de agua y el directorio del hotel. Su maleta permanecía abierta sobre el soporte para equipaje y, en algún rincón, el minibar sostenía un zumbido apenas perceptible.
Luego todo ocurrió con una naturalidad que, más tarde, Elena sería incapaz de explicar.
Estaba acostada, semidesnuda, sobre la cama. Ulises permanecía de pie junto a ella, con el ventanal a la espalda y las luces de la ciudad dibujándole el contorno.
Cuando se inclinó sobre su cuerpo y deslizó los dedos por su abdomen, Elena dejó escapar un gemido que le pareció demasiado antiguo, como si hubiera estado guardándolo durante años.
Cerró los ojos.
Y comprendió que ese era el olvido prometido.
Durante un tiempo que no supo medir entregó el cuerpo, el deseo y aquella tristeza que llevaba demasiado tiempo sosteniendo sola.
Entonces supo que sí.
Era posible olvidar.
Aunque sólo fuera por una noche.
Aunque sólo ocurriera en la habitación de un hotel donde nadie conocía su historia.
Más tarde, vencida por el cansancio, sintió que el sueño comenzaba a llevársela.
Ulises se acercó a su oído.
—Siempre estuviste equivocada —susurró—. Las cosas no se olvidan. Se asimilan, hasta que uno aprende a vivir sin que sigan lastimando.
Su voz se fue apagando hasta confundirse con el murmullo del aire acondicionado.
Durante unos segundos, Elena creyó hundirse en un sueño sin imágenes.
Entonces le faltó el aire.
Abrió los ojos.
Las manos de Ulises estaban cerradas alrededor de su cuello.
Intentó apartarlo, pero él era demasiado fuerte.
Quiso gritar.
No pudo.
La habitación comenzó a borrarse. Las luces detrás del ventanal se volvieron manchas, y el rostro de Ulises pareció alejarse, aunque seguía encima de ella.
Fue entonces cuando comprendió algo que la llenó de terror.
Había pasado tanto tiempo convencida de que aquel dolor jamás se iría, que había terminado creyendo que nada podía ser peor.
Se había equivocado.
Ahora quería vivir.
Quería incluso el dolor.
Lo habría aceptado entero, intacto, todos los días que le quedaran, con tal de conservar también todo lo demás.
Ulises acercó el rostro al suyo.
Su voz fue serena. Casi tierna.
—Ahora lo entiendes, Elena —susurró—. Todavía te quedaba algo por perder.
Elena trató de suplicarle que se detuviera. Decirle que había cambiado de opinión. Que aceptaba la tristeza, la ausencia, las noches sin dormir. Que estaba dispuesta a cargar con todo durante el resto de su vida.
De su garganta no salió ningún sonido.
Intentó tomar aire una vez más.
No pudo.
Una oscuridad espesa comenzó a avanzar desde los bordes de su visión.
Pensó en todo aquello que aún no estaba preparada para perder.
Y sintió un desconsuelo tan profundo que habría querido llorar.
Ya ni siquiera podía hacerlo.
Después, no hubo nada.
Hasta que, desde algún lugar de aquella oscuridad, escuchó a Ulises pronunciar su nombre una última vez.
—Elena.
Abrió los ojos con un jadeo.
Durante varios segundos no se atrevió a moverse. Creyó sentir todavía el peso de Ulises sobre su cuerpo. La presión de sus dedos alrededor de la garganta.
Pero no había nadie.
La habitación estaba llena de una luz grisácea de mañana.
Elena estaba empapada en sudor.
Se incorporó y se tocó el cuello. Después recorrió con las manos su cuerpo bajo las sábanas.
Estaba desnuda.
Fue al baño casi corriendo.
Encendió la luz y se observó en el espejo.
No había marcas.
Ninguna señal de lucha.
Ni siquiera el enrojecimiento que habrían dejado unas manos apretándole el cuello con aquella fuerza.
Regresó lentamente a la habitación.
Sobre el buró estaba la tarjeta de la 448. Su maleta continuaba abierta en el mismo lugar. Junto a la cama, el vestido permanecía arrugado sobre el suelo.
Elena se sentó al borde del colchón e intentó reconstruir la noche.
Recordaba el bar.
El whiskey.
El elevador.
Recordaba a Ulises.
Sus labios.
Sus manos.
Y también recordaba haber muerto.
Cerró los ojos.
No sabía dónde terminaba el recuerdo y dónde comenzaba la pesadilla.
No bajó al lobby.
Pidió café a la habitación y dejó que las horas transcurrieran mientras observaba cómo cambiaba la luz detrás del ventanal.
Pensó varias veces en marcharse.
Sólo tenía que cerrar la maleta, entregar la tarjeta y abandonar el hotel.
No lo hizo.
Necesitaba verlo otra vez.
Esperó todo el día.
Vio caer la tarde. Vio encenderse las luces de los edificios y desaparecer poco a poco el movimiento de las calles.
Sólo cuando afuera volvió a ser de noche se vistió y salió de la habitación.
El pasillo del cuarto piso estaba vacío.
Durante el descenso, las puertas de acero del elevador le devolvieron el mismo reflejo deformado de la noche anterior.
Cuando llegó al lobby, todo estaba exactamente igual.
Los sillones impecables.
La alfombra gruesa.
Los arreglos florales demasiado perfectos bajo la luz tenue.
Detrás de la barra, un hombre acomodaba vasos en la vitrina.
Elena se detuvo.
Lo reconoció antes de que él se volviera.
Ulises giró lentamente.
Al verla, sonrió.
No con sorpresa.
Como si hubiera estado esperándola.
—Hola, Elena.
FIN