Lo que el agua guarda

Capítulo Uno
Lo que el agua guarda

Pasaban de las diez de la noche cuando Clara abrió la puerta de la casa de sus padres y sintió un vuelco en el estómago.
Hacía más de dos décadas que había abandonado el pueblo donde creció y, durante todos esos años, nunca había encontrado una razón suficientemente buena para regresar.
Hasta ahora.
Su madre había muerto.
Cerró la puerta detrás de ella y permaneció unos segundos inmóvil en el pasillo, con la mano todavía sobre la perilla.
—Venderé la casa y regresaré a Seattle —murmuró.
Decirlo en voz alta hizo que pareciera más sencillo.
El sonido de una notificación en su teléfono rompió el silencio de la casa.
Era un mensaje de Leonardo, su esposo.
“Hola, amor. Espero que hayas llegado bien. Te veré mañana. Voy a ayudarte con todo lo que necesites”.
Respondió.
“Llegué bien. Estoy agotada. Voy a dormir”.
Pulsó enviar y guardó el teléfono en el bolsillo de la chamarra.
Después avanzó lentamente hacia la sala.
La casa parecía haberse quedado esperando su regreso.
Había pequeños floreros distribuidos sobre algunas mesas, el mismo librero junto a la ventana del jardín trasero y la chimenea que su madre encendía cada año apenas comenzaba noviembre, aun cuando el frío todavía no justificaba hacerlo.
Clara pasó los dedos sobre el respaldo del sillón donde su padre acostumbraba a sentarse a ver televisión.
Recordó las tardes en que él intentaba explicarle las reglas del beisbol con una paciencia casi religiosa, convencido de que, si insistía lo suficiente, algún día conseguiría que ella amara aquel deporte tanto como él.
Nunca lo consiguió.
A Clara se le dibujó apenas una sonrisa, breve y triste.
En la cornisa de la chimenea encontró una fotografía enmarcada. Tendría unos doce años. Estaba entre sus padres, los tres abrazados frente al lago, entrecerrando los ojos por el sol.
Junto a la fotografía descansaba la urna con las cenizas de su padre, muerto tres años atrás.
Clara tomó el retrato y lo observó durante varios segundos.
Después lo guardó en su bolso.
Ese sí se iría con ella a Seattle.
Luego subió las escaleras dejándose acompañar por el sonido hueco de sus propios pasos sobre el piso de madera.
Aquella noche durmió en la habitación donde había dejado de ser niña.
Y soñó con agua.


Capítulo Dos
Lo que devuelve la orilla

Clara abrió los ojos cuando la luz del sol le alcanzó el rostro.
Había olvidado cerrar las cortinas.
Buscó el teléfono sobre el buró.
7:36 a. m.
Tenía poco más de dos horas antes de ir a identificar el cuerpo de su madre.
Se quedó mirando el techo y, sin quererlo, recordó la llamada que había recibido el día anterior.
—Hola, Clara. Soy Glenn Miller. ¿Me recuerdas?
La voz le resultó familiar antes de que pudiera colocarle un rostro.
—Sí. Claro que te recuerdo.
—Lamento mucho tener que ser yo quien te avise, pero tu madre falleció.
Clara había tenido que apoyarse en el escritorio.
—¿Cuándo?
—Una vecina la encontró esta mañana. Solían tomar café juntas. Ayer tu madre no fue a la cafetería y esta mañana decidió ir a buscarla.
Hubo unos segundos de silencio.
—Lo siento mucho, Clara.
—Gracias por avisarme. Estaré ahí esta noche.
—Aquí estaremos para ayudarte con lo que necesites.
—Gracias.
Glenn guardó silencio unos instantes antes de añadir:
—Sé que probablemente no sea el mejor momento para hablar de esto, pero, considerando que ya no vives aquí y que seguramente tendrás que decidir qué hacer con la propiedad… me interesaría comprártela.
Clara había cerrado los ojos.
Ni siquiera había visto todavía el cadáver de su madre y alguien ya quería comprar la casa.
Sin embargo, tampoco podía culparlo. Ella misma sabía que no la conservaría.
—Lo tomaré en cuenta.
El recuerdo terminó ahí.
Clara se incorporó, buscó el número de Glenn y escribió:
“Buenos días. Ya estoy en el pueblo. Esta mañana iré a identificar el cuerpo de mi madre y a iniciar el trámite de cremación. Podemos vernos a la una en El Cardenal para hablar de la casa”.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Ahí estaré. Si necesitas cualquier cosa antes, avísame”.
Clara dejó el teléfono sobre el buró y fue a la cocina.
Necesitaba café.
Abrió la alacena donde su madre guardaba las tazas y sonrió al descubrir que prácticamente nada había cambiado.
Incluso encontró la taza blanca con flores azules que su madre utilizaba cada mañana.
Casi pudo escuchar su voz:
Cada cosa en su lugar, así no tenemos que andar buscándola.
Puso agua a hervir y, mientras esperaba, miró por la ventana.
El lago estaba a menos de cincuenta metros de la casa.
Clara abrió los ojos ligeramente al ver el lago.
Nunca lo había visto tan bajo.
La temporada había sido extraordinariamente seca y el agua se había retirado muchos metros, dejando expuestas zonas que durante toda su infancia habían permanecido sumergidas.
Sintió una punzada de nostalgia.
En aquel lago había aprendido a nadar.
Allí había pasado algunos de los mejores veranos de su infancia junto a su padre, Lucía y otros muchachos del pueblo.
En aquellos años, la casa de sus padres era la única construida tan cerca de la orilla. Las demás quedaban bastante más atrás, separadas por árboles y largos tramos de terreno.
El nombre apareció en su pensamiento sin aviso.
Lucía.
Clara apartó la mirada.
Agarró su café y salió.
La pequeña plataforma de madera que su padre había construido con algunos vecinos continuaba en pie, aunque ahora terminaba varios metros antes de que comenzara el agua.
Caminó hacia ella.
El lago llevaba semanas devolviendo cosas.
Ramas.
Botellas.
Anzuelos oxidados.
Una silla de jardín cubierta de barro.
Restos de un embarcadero que Clara recordaba haber visto por última vez cuando tenía dieciocho años.
Se sentó en el borde de la plataforma y dejó las piernas suspendidas sobre la tierra reseca donde, muchos años atrás, el agua le habría cubierto los pies.
Dio un sorbo al café.
Entonces vio algo.
Al principio pensó que era otra acumulación de ramas.
Entrecerró los ojos.
Era demasiado grande.
Se puso de pie.
A unos cuarenta metros de distancia, parcialmente cubierto por barro seco, sobresalía algo metálico.
La parte trasera de un vehículo.
Clara dejó de respirar.
El café comenzó a temblarle entre las manos.
Había algo en aquella forma.
En aquella inclinación.
En el color que todavía sobrevivía bajo el lodo.
Clara se inclinó ligeramente, forzando la vista para distinguirlo mejor.
No podía ser.
Entonces el recuerdo la golpeó.
•••
Tenía quince años.
Dormía cuando escuchó voces en la planta baja.
Una de ellas pertenecía a Lucía.
Clara abrió los ojos.
Había pasado el día entre la escuela y un partido de softball de la preparatoria, y estaba agotada, pero algo en el tono de aquella conversación hizo que se levantara.
Lucía tenía dieciocho años.
Clara la admiraba desde niña.
Era de esas personas que parecían estar siempre a punto de irse a alguna parte mejor. Hablaba de Denver, de la universidad, de conocer el mundo.
Decía que cuando terminara aquel verano abandonaría el pueblo y no volvería.
Clara salió de su habitación y caminó descalza por el pasillo.
Se detuvo antes de llegar a la sala.
—Tienes que decir la verdad —escuchó decir a Lucía.
—No sé de qué estás hablando —respondió su padre.
—Sí lo sabes.
—Por favor, Lucía —intervino su madre—. Vete a tu casa.
Hubo unos segundos de silencio.
Clara se acercó un poco más.
Alcanzó a ver a Lucía junto a la puerta.
Tenía varios sobres apretados contra el pecho.
—Si no lo dices tú —dijo mirando al padre de Clara—, lo haré yo.
La madre de Clara dio un paso hacia ella.
—Piensa en nuestra familia.
Lucía soltó una risa amarga.
—Eso deberían haber hecho ustedes.
Abrió la puerta.
Clara esperó apenas unos segundos, luego retrocedió por el pasillo y se dirigió a la cocina, desde donde salió por la puerta lateral para evitar cruzarse con sus padres.
Sabía que Lucía solía estacionarse a un costado de la casa.
—¡Lucía!
La muchacha se detuvo cuando estaba a punto de entrar al automóvil.
—¿Clara? ¿Qué haces aquí?
—¿Qué está pasando?
La expresión de Lucía cambió.
—No puedo decírtelo.
—Estabas discutiendo con mis padres.
—Lo sé.
—Entonces dime qué pasa.
—Lo vas a saber muy pronto.
Lucía subió al coche.
Clara abrió la puerta del acompañante.
—Clara, bájate.
—No.
—Voy a mi casa.
—Entonces voy contigo.
Lucía la observó durante un instante, cansada.
Finalmente arrancó.
—No voy a regresar solamente porque estés aquí.
Clara vio los sobres entre ambas.
—¿Qué tienen esos papeles?
Lucía no respondió.
—¿Qué sabes de mi padre?
—Déjalo.
—¡Dime!
Lucía apretó las manos sobre el volante.
—No sabes de qué estás hablando.
Clara tomó los sobres.
Lucía reaccionó intentando recuperarlos.
—¡Clara, suéltalos!
Clara tiró de ellos.
El automóvil se desvió ligeramente.
—¡Déjalos!
Lucía volvió a mirar hacia el frente.
Demasiado tarde.
El coche se dirigía hacia la orilla del camino.
Clara trató de apartarse.
Su mano golpeó el volante.
El vehículo dio un giro brusco.
Después todo ocurrió demasiado rápido.
El grito de Lucía.
La oscuridad.
La sensación de caer.
Y luego el agua golpeando el automóvil.
Clara sintió su cabeza estrellarse contra algo.
El mundo se volvió borroso.
Recuerda haber visto a Lucía inclinada sobre el volante.
Recuerda agua entrando.
Recuerda frío.
Después, nada.
•••
La voz del hombre detrás de ella la sobresaltó.
—¿Estás viendo lo mismo que yo?
Clara tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
—Sí —respondió—. Parece un coche.
El hombre sacó el teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
Clara volvió a mirar hacia el lago.
La silueta continuaba ahí.
El hombre habló con emergencias y dio la dirección.
Cuando terminó la llamada, extendió una mano.
—Perdona. Soy Martín Romero. Vivo allá.
Señaló una casa azul situada a unos treinta metros.
—No recuerdo haberte visto antes.
—Me llamo Clara. Esa era la casa de mis padres.
Martín pareció comprender.
—¿Cristina era tu madre?
Clara asintió.
El hombre se quitó el sombrero.
—Lo siento mucho.
—Gracias.
Martín miró nuevamente hacia el lago.
—¿Crees que ese coche lleva mucho tiempo ahí?
Clara tardó demasiado en contestar.
—No lo sé ⎯se giró—. Tengo que irme.
Mientras caminaba hacia la casa escuchó una sirena acercándose.
No miró hacia atrás.
Porque ya sabía de qué color había sido aquel automóvil.


Capítulo Tres
La primera mentira

Clara siguió al empleado de la morgue hasta una habitación blanca y demasiado fría.
El hombre abrió el cajón metálico.
Por un instante, Clara no reconoció a su madre.
Cristina parecía más pequeña.
Más frágil.
La piel había perdido el color y el rostro conservaba una serenidad que Clara rara vez le había visto en vida.
—Es ella —confirmó.
El hombre asintió.
Clara murmuró:
—¿Puede dejarme unos minutos a solas?
—Claro.
Cuando la puerta se cerró, Clara permaneció en silencio.
Después se acercó.
—No pensé que volvería a verte así.
Le tembló ligeramente la voz.
—Supongo que ninguna de las dos imaginó que terminaríamos de esta manera.
Miró el rostro inmóvil.
—Fue una decisión de los tres, mamá. Tuya, de papá y mía. Alejarme fue lo mejor.
Guardó silencio.
Pensó en el lago.
—Esta mañana encontraron un coche junto a la casa.
La frase quedó suspendida en la habitación.
—Creo que sé de quién era.
Su teléfono comenzó a vibrar.
Era Leonardo.
Clara respondió.
—Hola, amor.
—Estoy en la casa.
—Llegaste temprano.
—Mi jefe entendió la situación. Movimos un par de reuniones y pude salir antes.
Clara sonrió.
—Gracias.
—Hay policías junto al lago.
El pecho de Clara se tensó.
—Sí. Encontraron un coche esta mañana.
—¿Tú lo viste?
—Sí.
Hubo unos segundos de silencio.
—Espera —dijo Leonardo—. Viene un oficial hacia mí.
Clara escuchó la conversación desde el teléfono.
—Buenas tardes. ¿Usted vive aquí?
—No. La casa pertenecía a la madre de mi esposa.
—¿Su esposa es Clara Strub?
Clara cerró los ojos.
—Sí —respondió Leonardo—. ¿La conoce?
—Fuimos juntos a la escuela.
La voz del oficial cambió ligeramente.
—Hace muchos años que no la veo.
—Estará aquí dentro de un rato. Puedo decirle que lo llame.
—Se lo agradecería. Soy Elías Blick. Voy a dejarle mi tarjeta.
Clara sintió que algo se le cerraba en el estómago.
Elías.
Recordaba perfectamente ese nombre.
—Ya escuchaste —dijo Leonardo cuando el policía se alejó—. Parece que tienes un viejo amigo aquí.
—Sí ⎯Clara cambió de tema—. Todavía tengo que terminar algunas cosas. Llegaré más tarde.
—Aquí estaré.
—La puerta del patio está abierta.
—Está bien.
—Nos vemos en un rato.
Clara terminó la llamada.
Miró nuevamente a su madre diciendo:
—Parece que el pueblo también estaba esperándome.
Pasadas las dos de la tarde, Clara llegó a casa.
Había identificado el cuerpo, autorizado la cremación y llegado a un acuerdo preliminar con Glenn para venderle la propiedad.
Había sido un día demasiado largo para no haber terminado todavía.
—¿Amor?
—¡En la cocina!
Encontró a Leonardo preparando comida.
Clara lo abrazó por detrás.
—Por cosas como esta eres el mejor esposo del mundo.
—Recuérdalo la próxima vez que deje calcetines junto a la cama.
Clara soltó una pequeña risa.
Por primera vez desde que había llegado al pueblo sintió que podía respirar.
Entonces miró hacia la ventana.
El lago.
Había más vehículos junto a la orilla.
—¿Supiste algo del coche?
Leonardo negó con la cabeza.
—No. Pero podrías llamar al policía que estuvo aquí.
Clara vio de reojo la tarjeta encima de la barra.
—Me voy a bañar —añadió Leonardo—. Dame veinte minutos y comemos.
Clara asintió.
Se sirvió una copa de vino y fue a sentarse en el viejo sillón de su padre.
Le dio un sorbo a la copa.
Y volvió a pensar en aquella noche.
Había cosas que recordaba con absoluta claridad.
Lucía gritando.
Los sobres.
El volante.
El agua entrando al automóvil.
Después había fragmentos.
Manos sujetándola.
Una voz.
Su padre.
O quizá su madre.
Recordaba frío.
Recordaba estar mojada.
Recordaba abrir los ojos durante unos segundos y distinguir luces entre los árboles.
Pero no lograba reconstruir lo que había ocurrido entre el accidente y el momento en que despertó en su cama.
Durante años, sus padres contaron siempre la misma historia.
Lucía había conseguido salir del automóvil.
Después había discutido con ellos y se había marchado.
Al día siguiente nadie supo dónde estaba.
Dos días después comenzaron las búsquedas.
Durante semanas aparecieron fotografías de Lucía en escaparates, postes y estaciones de servicio.
DESAPARECIDA.
Clara volvió a preguntarle a su madre.
—¿Estás segura de que salió del coche?
Cristina le había respondido sin titubear:
—La vi con mis propios ojos.
—Pero yo no recuerdo haberla visto.
—Te golpeaste la cabeza, Clara.
—¿Y a dónde fue?
—No lo sabemos.
Su padre había intervenido entonces.
—Ya hablamos con la policía. Tú no tienes nada que agregar.
—Pero yo estaba ahí.
—Precisamente por eso. Necesitas recuperarte.
Clara había aceptado aquella explicación porque no tenía otra.
Porque tenía quince años.
Porque sus padres nunca cambiaron una sola palabra de la historia.
Y porque una parte de ella necesitaba creer que Lucía había salido viva del automóvil.
Se llevó la copa a los labios.
Entonces algo la atravesó.
Clara dejó de beber.
Miró hacia el lago.
El coche.
Si aquel era el automóvil de Lucía…
¿Por qué nunca lo habían encontrado?
¿Por qué Lucía habría salido del lago y abandonado allí su coche sin decir nada?
Algo no tenía sentido.
El teléfono comenzó a sonar sobre la mesa.
Número desconocido.
Clara respondió.
—¿Bueno?
—¿Clara?
Reconoció inmediatamente la voz.
—Elías ⎯dijo Clara, e hizo una breve pausa—. Ha pasado mucho tiempo.
—Sí. Podría hablar contigo personalmente.
Clara se incorporó.
—¿Es por el coche?
El silencio al otro lado de la línea fue suficiente.
—Sí.
Clara apretó la copa entre los dedos.
—¿Qué encontraron?
Elías respiró antes de responder.
—Restos humanos.
Clara cerró los ojos.
Durante unos segundos no escuchó nada más.
Ni la voz de Elías.
Ni el agua de la regadera en el piso superior.
Ni los pájaros fuera de la casa.
Solamente una frase.
La voz de su madre, veintitrés años atrás:
La vi salir del coche.
Clara abrió los ojos y miró hacia el lago.
Por primera vez desde aquella noche comprendió que sus padres le habían mentido.


Capítulo Cuatro
El cuerpo del coche

Elías llegó a la casa de Clara poco después de las cuatro de la tarde. Ella lo esperaba en una mesa de hierro forjado en medio del jardín, con una botella de vino abierta y dos copas.
—Hola, Clara.
Ella levantó la mirada y tardó un segundo en familiarizar al hombre que tenía frente a ella con el muchacho que recordaba.
Elías había pasado de ser un adolescente delgado, casi escuálido, que durante años había encontrado cualquier pretexto para acercarse a ella, a un hombre de hombros anchos y cuerpo trabajado. Su rostro, sin embargo, conservaba algo familiar.
—Hola, Elías —dijo, señalando la silla frente a ella—. Siéntate.
Él tomó asiento sin dejar de observarla.
No era una mirada incómoda, pero sí demasiado atenta. Como si intentara encontrar algo detrás de sus gestos.
—Hace mucho tiempo que te fuiste —dijo él—. Pero no has cambiado demasiado.
Clara sonrió.
—Tú sí.
Elías miró brevemente sus brazos.
—No hay mucho que hacer por aquí. El gimnasio está cerca.
Clara soltó una pequeña risa.
Durante algunos minutos hablaron de la escuela, de antiguos compañeros y de las vidas que ambos habían construido lejos de aquella época.
Elías le contó que se había casado una vez y que el matrimonio había terminado años atrás. Clara habló de Seattle, de Leonardo y
de su trabajo, evitando deliberadamente cualquier tema que pudiera llevarlos de regreso a la desaparición de Lucía.
Pero ambos sabían que aquella conversación tenía otro propósito.
Finalmente, Clara agarró su copa.
—¿Alguna noticia sobre el coche?
Elías apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Sí.
Clara esperó.
—Ese vehículo lleva décadas sumergido ⎯dijo Elías⎯. Encontramos restos humanos en el interior. Por las primeras observaciones, probablemente pertenecen a una mujer.
Clara bebió un poco de vino.
—¿Tienen alguna pista?
—Todavía faltan pruebas para identificarla formalmente.
—¿Y qué te dice tu instinto?
Elías negó despacio.
—En casos como este no es prudente trabajar con instintos.
—Pensé que éramos amigos.
Elías la observó durante unos segundos.
—Lo éramos.
Clara arqueó ligeramente una ceja.
—Eso sonó peor de lo que probablemente querías.
—Veinte años hacen que las personas cambien.
Ella asintió.
Elías se recostó en la silla.
—¿Hay algo que quieras decirme?
Clara sintió que los dedos se le tensaban alrededor de la copa.
—¿Sobre qué?
—Sobre el coche.
—No.
—Está bien.
Elías dejó pasar unos segundos.
—Esta mañana Martín dijo que parecías consternada al ver el coche.
Clara sostuvo su mirada.
—Me sorprendió verlo. Eso es todo.
—¿Estás segura?
—Sí.
Elías asintió, pero no pareció convencido.
Clara bebió nuevamente antes de decir:
—Además, ese lago está prácticamente frente a esta casa. Es normal que me interese.
—Claro.
Elías miró hacia el agua.
—La gente aquí todavía recuerda a Lucía.
El nombre cayó entre ambos.
Clara no respondió de inmediato.
—Lo sé.
—Su desaparición fue probablemente lo más grande que ocurrió en este pueblo durante años.
Clara desvió la mirada.
—Ella siempre decía que, cuando se fuera, no regresaría.
Elías buscó sus ojos.
—Sí. Lo decía mucho.
Clara sintió que el vino le sabía distinto.
Más amargo.
Por fin dijo:
—Quizá simplemente lo hizo.
—¿Irse?
—Sí.
Elías guardó silencio.
Después dijo:
—De una forma u otra, casi todos terminan regresando… Como tú.
El comentario pudo haber sido una broma.
Pero no sonó como una.
Elías observó el rostro de Clara un instante más y pareció decidir que era suficiente.
Se levantó.
—Será mejor que vuelva a la comandancia. Todavía tenemos bastante trabajo.
Clara permaneció sentada.
—Me dio gusto verte.
Elías tomó unos pasos hacia la salida del jardín, pero antes de llegar al sendero se detuvo.
—Clara.
Ella levantó la mirada.
—Si recuerdas algo sobre aquella época, por insignificante que parezca, llámame.
—Lo haré.
Elías asintió.
Después se marchó.
Clara dejó la copa sobre la mesa.
Le temblaba la mano.
Habían pasado más de veinte años desde aquella noche y, por primera vez, alguien acababa de pronunciar el nombre de Lucía frente a ella sin hablar de una muchacha desaparecida.
Había sonado como si Elías estuviera hablando de alguien que acababan de encontrar.


Capítulo Cinco
Lo que Lucía sabía

Clara entró a la casa y fue directamente a la habitación que había pertenecido a su madre.
Leonardo la vio cruzar el pasillo con demasiada prisa y la siguió hasta detenerse en el umbral.
—¿Estás bien?
Clara abrió uno de los cajones de la cómoda.
—Sí.
—¿Segura?
Ella comenzó a mover la ropa de un lado a otro.
—¿Por qué no lo estaría?
Leonardo apoyó una mano en el marco de la puerta.
—No lo sé. Por eso te pregunto. Pareciera que la visita del oficial te alteró.
Clara siguió buscando.
—Sólo necesito encontrar algo.
—¿Qué?
Ella no respondió.
Leonardo dio un paso hacia el interior de la habitación.
—Tal vez puedo ayudarte.
Clara levantó la mirada hacia el espejo de la cómoda y encontró los ojos de su esposo en el reflejo.
—Si de verdad quieres ayudarme, déjame hacerlo sola.
Leonardo permaneció en silencio unos segundos.
Después asintió.
—Está bien. Estaré en la sala por si me necesitas.
Clara no respondió.
Esperó hasta escuchar sus pasos alejándose por el pasillo.
Entonces volvió a los cajones.
Revisó la cómoda entera.
Ropa interior.
Pañuelos.
Fotografías sin importancia.
Recibos viejos.
Un rosario que su madre nunca usaba y dos cajas vacías de medicamentos.
Nada.
Abrió el buró.
Después revisó debajo de la cama, detrás de los cuadros, entre los libros y dentro de una pequeña caja de costura.
Cuando terminó, la habitación parecía haber sido saqueada.
Clara se sentó en la orilla de la cama.
Hundió el rostro entre las manos.
—¿Qué estoy haciendo?
No sabía exactamente qué esperaba encontrar.
Una carta.
Una explicación.
Algo que demostrara que estaba equivocada.
Que aquella conversación entre Lucía y sus padres no significaba lo que ahora parecía significar.
Que el automóvil del lago pertenecía a otra persona.
Que los restos no eran de Lucía.
Que su padre no había sido quien ella empezaba a sospechar.
Levantó la mirada.
El clóset estaba prácticamente vacío. Había arrojado sobre la cama casi toda la ropa de su madre.
Entonces vio la repisa superior.
Y recordó algo.
Cuando era niña, algunas veces encontraba a su madre subida en una pequeña escalera, ordenando papeles allí arriba. Sin embargo, cada vez que Cristina le pedía alcanzar una caja, una manta o cualquier otra cosa de aquella repisa, los papeles ya no estaban.
Clara nunca había pensado en ello.
Hasta ahora.
Arrastró el taburete de la cómoda y lo colocó frente al clóset.
Se subió.
La repisa estaba vacía.
Pasó una mano sobre la superficie.
Polvo.
Nada más.
Volvió a hacerlo.
Esta vez más despacio.
Sus dedos encontraron una pequeña hendidura cerca del borde.
Entrecerró los ojos.
Unos centímetros más allá encontró otra.
Presionó entre ambas.
Un clic seco rompió el silencio.
Clara retiró la mano.
Una sección de la madera se había levantado apenas unos milímetros.
Sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
Introdujo los dedos y levantó la pieza.
Debajo había un espacio oculto.
No muy profundo.
Lo suficiente para guardar fotografías, sobres y una carpeta amarillenta atada con una cinta.
Clara permaneció inmóvil.
Por un instante deseó cerrar nuevamente la repisa.
No tocar nada.
Bajarse del taburete.
Salir de la habitación.
Pero ya había llegado demasiado lejos.
Sacó todo y se sentó en la cama.
La primera fotografía mostraba a una mujer joven.
Clara la reconoció casi de inmediato.
Era Teresa, la madre de Lucía.
Tendría poco más de veinte años.
En la siguiente aparecía junto a su padre.
Sonreían frente a una camioneta que Clara no reconoció.
Otra fotografía.
Ellos dos otra vez.
Después una tercera.
Su padre.
Teresa.
Y una niña de unos tres años en brazos de ella.
Lucía.
Clara acercó la fotografía al rostro.
La observó con detenimiento.
Su padre tenía una mano apoyada sobre el hombro de Teresa.
No parecía una fotografía tomada entre simples amigos.
Buscó otra.
Y otra.
En todas aparecían ellos.
Algunas tenían fechas escritas en la parte posterior.
Años.
Muchos años.
Demasiados.
Clara sintió una presión en el pecho.
Abrió la carpeta.
Dentro había cartas.
Reconoció inmediatamente la letra de su padre.
La misma letra que aparecía en las tarjetas de cumpleaños, en las notas que dejaba sobre el refrigerador y en los libros que le había regalado durante años.
Leyó una.
Después otra.
No necesitó terminar la tercera.
Su padre le escribía a Teresa.
Le decía que la amaba.
Le pedía paciencia.
Le prometía que encontraría la manera de arreglar las cosas.
En una de las cartas hablaba de marcharse.
En otra le pedía que no tomara ninguna decisión todavía.
Clara sintió náuseas.
Dejó los papeles sobre la cama y se llevó una mano a la boca.
Las preguntas comenzaron a atropellarse unas a otras.
¿Mi padre era amante de Teresa?
¿Durante cuánto tiempo?
Miró la fotografía en la que Lucía aparecía de niña entre ambos.
Sintió que algo dentro de ella se hundía.
¿Lucía era hija de mi padre?
La pregunta la obligó a ponerse de pie.
Caminó hasta la ventana.
El lago permanecía al fondo.
Quieto.
Demasiado tranquilo para todo lo que empezaba a devolver.
Clara cerró los ojos.
La discusión de aquella noche regresó a su memoria.
Tienes que decir la verdad.
Si no lo dices tú, lo haré yo.
Piensa en nuestra familia.
Abrió los ojos.
—Eso era —murmuró.
Lucía había descubierto las cartas.
Había descubierto la relación.
Tal vez había llegado a la misma conclusión que ella.
Regresó a la cama y tomó nuevamente una de las fotografías.
Miró el rostro de su padre.
Durante toda su vida había pensado en él como el hombre paciente que le enseñó a nadar, que insistía en explicarle el beisbol y que la esperaba despierto cuando regresaba tarde.
Ahora tenía frente a ella a un desconocido con el mismo rostro.
La voz de Leonardo la hizo sobresaltarse.
—Clara.
Ella giró rápidamente.
Leonardo estaba nuevamente en la puerta.
Miró la ropa sobre la cama.
Los papeles.
—¿Estás bien?
Clara tardó en responder.
—Sí.
Leonardo negó con la cabeza.
—No, no lo estás.
Ella apartó la mirada.
—Sólo estoy cansada.
—Clara.
—Estoy bien.
Leonardo se acercó a ella.
—Desde que llegamos no haces más que decirme que estás bien.
Clara respiró hondo.
—La muerte de mi madre me está afectando más de lo que pensé.
Leonardo la observó.
No pareció creerle del todo.
—Está bien ⎯dijo él al fin.
Clara levantó la mirada.
Él agregó:
—No voy a obligarte a contarme nada. Pero quiero que recuerdes que no tienes que pasar por esto sola.
Clara asintió.
Leonardo le dio un beso en la frente y salió de la habitación.
Ella esperó a que desapareciera.
Después miró nuevamente las cartas.
Sintió culpa.
Leonardo acababa de ofrecerle exactamente lo que sus padres nunca le habían dado.
La posibilidad de decir la verdad.
Y ella acababa de mentirle por segunda vez.
Clara tomó una de las cartas y volvió a leerla.
Entonces reparó en algo que antes no había notado.
La fecha.
Era de varios meses antes del nacimiento de Lucía.
Clara dejó de respirar.
Buscó otra.
Y luego otra.
Todas pertenecían al mismo periodo.
Volvió a mirar la fotografía de la niña.
Por primera vez, la pregunta dejó de parecer una posibilidad absurda.
¿Y si Lucía realmente era mi hermana?


Capítulo Seis
Lucía

Elías llegó a su oficina en la comandancia poco después de las ocho de la mañana.
Sobre su escritorio encontró el informe que había estado esperando.
Se sentó y comenzó a leer.
La identificación había sido posible gracias a los registros dentales conservados en el expediente de desaparición, además de varios objetos recuperados del interior del vehículo. La antigüedad de los restos coincidía con el tiempo que el automóvil llevaba sumergido.
Elías avanzó hasta la última página.
Su expresión cambió al leer el nombre.
Lucía Romero.
Se recargó en la silla y dejó escapar el aire lentamente.
Durante unos segundos volvió a verla como había sido en la preparatoria: riéndose demasiado fuerte, caminando por los pasillos con libros apretados contra el pecho y hablando de Denver como si estuviera al otro lado del mundo.
Tomó el teléfono.
Marcó.
Un timbre.
Dos.
—Hola, Elías.
—Buenos días, Clara. ¿Puedes hablar?
—Voy a ver a Glenn para terminar unos detalles de la venta, pero puede esperar.
Elías bajó un poco la voz.
—Ya tenemos los resultados.
Clara se quedó en silencio.
A Elías le costó darle la noticia.
—Los restos son de Lucía.
Clara apoyó una mano sobre la barra de la cocina.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Clara cerró los ojos.
Y Lucía regresó.
Su risa.
Los años que pasaron juntas.
Una tarde en que Clara estaba en tercer grado y un niño mayor se burló de ella hasta hacerla llorar. Lucía se había plantado frente a él y le había dicho que, si volvía a molestarla, tendría que vérselas con ella.
El niño nunca volvió a hacerlo.
Clara abrió los ojos.
La voz de Elías seguía al otro lado de la línea.
—Su madre murió sin saber qué le había pasado.
Las palabras la atravesaron.
Durante más de veinte años, sus padres la habían protegido.
Mientras otra madre había esperado a la suya.
Clara suspiró.
—Lamento saber que terminó así.
Hizo una pausa.
—Gracias por avisarme.
Colgó antes de que Elías pudiera responder.
Cuando levantó la mirada, Leonardo estaba frente a ella.
No sabía cuánto había escuchado.
Él se acercó.
—Pareces haber visto un fantasma.
—Estoy bien.
Leonardo la tomó suavemente por los brazos.
—¿Cuándo vas a dejar de decirme eso?
Clara sostuvo su mirada.
Por primera vez no encontró una respuesta inmediata.
—Necesito ir a ver a Glenn.
—Voy contigo.
—No hace falta.
—Sí hace falta.
—Leonardo…
—No vas a manejar así.
Clara quiso discutir, pero no tuvo fuerzas.
Minutos después estaban en el coche.
Leonardo hablaba sobre qué muebles valía la pena conservar, cuáles podían donar y cuáles probablemente terminarían en la basura.
Clara apenas lo escuchaba.
Miraba por la ventana.
Y otra parte de aquella noche comenzó a abrirse paso en su memoria.
El agua.
El automóvil inclinado.
Una mano sujetándola por debajo de los brazos.
Su padre la estaba sacando.
Después recordó su voz.
Fuerte.
Desesperada.
—¡Todavía está respirando!
Clara cerró los ojos.
Durante años había supuesto que hablaba de ella.
Que su padre estaba diciendo que ella seguía viva.
Pero ahora algo no encajaba.
Ella ya estaba fuera del coche.
Entonces, ¿a quién miraba su padre cuando gritó aquellas palabras?
Sintió que se le helaban las manos.
¿Y si hablaba de Lucía?
Abrió los ojos de golpe.
Leonardo apoyó una mano sobre la suya.
—Clara.
Ella lo miró.
—¿Qué pasa?
Clara sostuvo su mirada durante varios segundos.
Había llegado al pueblo pensando que sólo tendría que enterrar a su madre, vender una casa y regresar a Seattle.
Ahora sabía que nada de eso importaba tanto como lo que estaba a punto de hacer.
—Después de hablar con Glenn —dijo— necesito contarte algo.
Leonardo no preguntó qué.
Solamente apretó ligeramente su mano.
Clara volvió la mirada hacia la carretera.
Por primera vez desde que había regresado al pueblo, había dejado de pensar en cómo ocultar el pasado.
Y había empezado a pensar en cómo contarlo.


Capítulo Siete
La confesión a Leonardo

Regresaron a casa pasado el mediodía.
La reunión con Glenn había sido breve. Acordaron los últimos detalles y dejaron encaminada la venta de la propiedad.
Nada más entrar, Clara fue a la sala y se sentó.
Leonardo permaneció unos segundos de pie.
Ella levantó la mirada y señaló el lugar junto a ella.
Leonardo se sentó.
No preguntó nada.
Había entendido durante el trayecto que debía esperar a que fuera Clara quien comenzara.
Ella entrelazó las manos.
—Yo estaba dentro del coche que encontraron en el lago.
Leonardo no reaccionó.
Sólo la miró.
Clara respiró profundamente.
Y empezó a contarle.
Le habló de Lucía.
De la discusión que había escuchado aquella noche.
De los sobres.
De cómo había subido al automóvil con ella.
De cómo intentó quitarle los documentos.
Del forcejeo.
—Agarré el volante —dijo, y la voz finalmente se le quebró—. El coche salió del camino por mi culpa.
Leonardo bajó la mirada.
Clara continuó.
—Recuerdo el agua entrando. Recuerdo haberme golpeado. Después hay cosas que no puedo ordenar.
—¿Y Lucía?
—Mis padres siempre me dijeron que había salido del coche.
Leonardo volvió a mirarla.
—Pero estaba dentro de él cuando lo encontraron.
Clara asintió.
—Sí.
El silencio se prolongó.
Leonardo se puso de pie y caminó unos pasos, pero no se alejó.
Parecía necesitar espacio para comprender lo que acababa de escuchar.
Finalmente preguntó:
—¿Qué pasó después del accidente?
Clara negó lentamente.
—No lo sé.
—Algo tuvo que pasar.
—Lo sé.
Leonardo se llevó las manos a la cintura.
—¿Nunca preguntaste?
—Durante semanas. Mis padres repetían siempre lo mismo. Que Lucía había conseguido salir, que discutió con ellos y se marchó. Yo tenía quince años, me había golpeado la cabeza y recordaba solamente fragmentos. Terminé creyéndoles.
Leonardo guardó silencio.
Clara añadió:
—Ayer empecé a recordar a mi padre gritando que alguien todavía respiraba.
—¿Eras tú?
Clara lo miró.
—Eso creí durante más de veinte años.
Leonardo comprendió.
—Ahora piensas que hablaba de Lucía.
Clara bajó la cabeza.
—Sí.
Él volvió a sentarse.
Esta vez dejó cierta distancia entre ambos.
—Clara, si descubrimos que tus padres hicieron algo para ocultar lo que pasó, no podemos fingir que no lo sabemos.
Ella lo miró.
—Mis padres están muertos. La madre de Lucía también. ¿De qué serviría decirlo ahora?
—No lo sé.
Leonardo hizo una pausa.
—Pero Lucía no era solamente hija de alguien. ¿No tenía más familia? ¿Primos? ¿Tíos? ¿Alguien que pasó décadas preguntándose qué le ocurrió?
Clara no respondió.
Leonardo añadió:
—Y hay otra cosa.
—¿Cuál?
—Tú acabas de descubrir que la vida que recordabas no era cierta. No sé si tienes derecho a decidir que los demás sigan viviendo con otra mentira.
Las palabras le dolieron porque sabía que tenía razón.
Clara se levantó.
Caminó hacia la habitación de su madre.
Leonardo la siguió sin preguntar.
Clara se detuvo bajo el marco de la puerta y contempló el desorden que había dejado el día anterior.
Si Cristina había escondido las fotografías y las cartas durante todos aquellos años, quizá había guardado algo más.
Pero no allí.
Clara giró hacia el pasillo.
Al fondo había un pequeño estudio que su padre había utilizado durante años.
Entró.
Había un escritorio, varios estantes y un viejo tocadiscos cubierto de polvo.
Clara comenzó a pasar los dedos por los bordes de los muebles.
—¿Qué buscas? —preguntó Leonardo.
—No lo sé.
Recordó el mecanismo de la repisa del clóset.
Las dos pequeñas hendiduras.
El clic.
Buscó algo parecido.
Pasaron varios minutos.
Entonces lo encontró.
Debajo de la base donde descansaba el tocadiscos había dos pequeñas marcas en la madera.
Clara contuvo el aliento.
Presionó entre ambas.
Clic.
Leonardo se acercó.
Clara retiró el tocadiscos y levantó una delgada cubierta de madera.
Dentro había varios sobres.
Los reconoció antes de tocarlos.
Eran los mismos que Lucía llevaba aquella noche.
—Dios mío —murmuró.
Los sacó.
Sus padres los habían recuperado.
Y los habían conservado durante más de veinte años.
Clara abrió el primero.
Más cartas entre su padre y Teresa Romero.
En otro había fotografías.
Luego encontró un sobre amarillento con el membrete de una clínica de Portland.
Lo abrió.
12 de septiembre de 1995.
Clara comenzó a leer.
Tardó unos segundos en comprender qué tenía entre las manos.
Era una prueba de paternidad.
Volvió a leer el resultado.
Después una tercera vez.
—¿Qué dice? —preguntó Leonardo.
Clara levantó la mirada.
—Lucía no era hija de mi padre.
Leonardo permaneció inmóvil.
—¿Estás segura?
Clara le entregó el documento.
—Él ya lo sabía.
Miró las cartas esparcidas frente a ella.
—Pero Lucía no.
Entonces comprendió.
Aquella noche Lucía había encontrado las cartas.
Las fotografías.
Había visto a su madre junto al padre de Clara desde antes de que ella naciera.
Y había llegado a una conclusión equivocada.
La misma conclusión a la que Clara había llegado el día anterior.
—Toda aquella pelea… —murmuró—. Lucía pensaba que éramos hermanas.
Leonardo dejó el documento sobre el escritorio.
Clara lo miró.
—¿Por qué guardó todo esto mi madre?
Él se acercó.
—Quizá porque no pudo destruirlo.
Clara cerró los ojos.
Leonardo le puso las manos sobre los hombros.
Y entonces algo cambió.
No fue un recuerdo nuevo.
Fue una imagen que siempre había estado allí, escondida detrás de otras.
Su padre mojado.
Su madre gritando.
La luz de los faros atravesando los árboles.
Clara abrió los ojos.
—Espera.
Leonardo retiró las manos.
Ella volvió a cerrarlos.
Y dejó que el recuerdo continuara.
•••
Estaba sobre el pasto.
Empapada.
Desorientada.
Tosía.
A unos metros, su padre corría hacia el lago.
Cristina estaba arrodillada junto a Clara.
—¿Qué pasó?
Clara apenas podía hablar.
—El coche…
Su padre ya estaba dentro del agua.
Nadó hacia el automóvil.
Clara escuchó un golpe metálico.
Después otro.
Su padre intentaba abrir una puerta.
Entonces escuchó una tos.
No la suya.
Lucía.
Clara trató de incorporarse.
Su padre gritó desde el agua:
—¡Está viva!
La frase.
La misma que había recordado durante años.
Pero no había dicho todavía está respirando mientras la sacaba a ella.
Estaba hablando de Lucía.
—¡Cristina! ¡Llama a una ambulancia!
Su madre comenzó a levantarse.
Entonces miró a Clara.
Sangre en su frente.
Los sobres esparcidos cerca de la orilla.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Clara lloraba.
—Yo agarré el volante.
Cristina se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Estábamos peleando y yo… yo lo agarré.
Su padre volvió a gritar:
—¡Cristina!
Ella buscó el teléfono.
Lo sostuvo entre las manos.
Pero no marcó.
—Mamá…
Cristina la miró.
Luego miró a su padre.
—Van a preguntarle qué ocurrió.
El padre de Clara continuaba intentando abrir la puerta.
—¡Llama!
—Van a investigarlo todo —dijo Cristina.
Parecía hablar consigo misma.
—Las cartas. Teresa. Lucía. Clara tendrá que declarar.
—¡Cristina, por Dios!
El automóvil descendió un poco más.
El agua ya cubría casi por completo las ventanas.
Su padre regresó unos pasos hacia la orilla.
—¿Qué estás haciendo?
Cristina lo miró.
—Nuestra hija tiene quince años.
—Lucía está viva.
—Clara provocó el accidente.
—¡Fue un accidente!
—¿Y crees que eso impedirá que la acusen?
Él la observó.
Durante un instante pareció no reconocer a la mujer que tenía frente a él.
Detrás suyo, el automóvil volvió a hundirse.
—Tenemos que sacarla.
Cristina sujetó su brazo.
No con fuerza.
No necesitaba hacerlo.
—Si llamas, todo saldrá a la luz.
El padre de Clara miró hacia el coche.
Después hacia su hija.
Fueron apenas unos segundos.
Pero fueron suficientes.
El techo del automóvil desapareció bajo el agua.
Su padre corrió nuevamente hacia el lago.
Llegó hasta donde había estado el vehículo.
Se sumergió.
Una vez.
Dos.
Cuando salió por segunda vez, respiraba con dificultad.
El coche ya estaba demasiado profundo.
Cristina permaneció en la orilla.
Clara lloraba sin comprender.
Su padre regresó lentamente.
Se dejó caer sobre las rodillas.
—Pudimos haberla salvado.
Cristina cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, miró a Clara.
—Los niños no tienen por qué pagar por lo que hacemos los adultos.
•••
Clara abrió los ojos.
Leonardo estaba frente a ella.
Las lágrimas le corrían por el rostro.
—Lucía estaba viva —dijo.
Leonardo no respondió.
Clara miró los sobres que tenía delante.
—Mi padre intentó salvarla.
Su voz apenas salió.
—Mi madre lo detuvo.
Permaneció unos segundos en silencio.
Después corrigió:
—No ⎯negó despacio—. Mi padre decidió escucharla.
Aquella diferencia importaba.
Durante más de veinte años sus padres habían guardado el secreto juntos.
Ahora Clara sabía exactamente qué había ocurrido.
Y ya no podía volver a decir que no lo recordaba.


Capítulo Ocho
La decisión

Clara terminó de contarle todo.
Leonardo permaneció en silencio.
Durante varios segundos evitó mirarla, como si necesitara ordenar lo que acababa de escuchar antes de decidir qué hacer con ello.
Finalmente se puso de pie.
—Tienes que hablar con Elías.
Clara levantó la mirada.
—No.
Leonardo se volvió hacia ella.
—Clara…
—¿Para qué?
—Porque una muchacha murió.
—Lo sé.
—Y tus padres dejaron que pasara.
Clara se levantó también.
—Mis padres están muertos.
—Eso no cambia lo que hicieron.
—No he dicho que lo cambie.
—Entonces no entiendo qué estás defendiendo.
Clara soltó el aire con frustración.
—No estoy defendiendo a nadie.
—Parece que sí.
Ella lo miró con dureza.
—La madre de Lucía murió hace años. Mis padres también. ¿A quién va a ayudar que yo vaya ahora a una comandancia y cuente algo que ocurrió cuando tenía quince años?
—A la verdad.
Clara negó.
—La verdad no es una persona, Leonardo.
Él guardó silencio.
Clara se acercó a él.
—La verdad no va a abrazar a la madre de Lucía porque está muerta. No va a devolverle veintitantos años. No va a sacar a Lucía de ese lago.
—Pero puede haber familia.
—¿Quién? ¿Un primo? ¿Un tío al que no veía? ¿Y qué les voy a decir? ¿Que mis padres pudieron salvarla y no lo hicieron? ¿Que yo provoqué el accidente?
Leonardo la observó.
—Eso fue un accidente.
—¿Crees que eso es lo único que importa?
—Tenías quince años.
—Precisamente.
Clara sintió que la voz comenzaba a quebrársele.
—Tenía quince años, Leonardo. Mis padres tomaron una decisión monstruosa para protegerme y yo viví más de veinte años sin saberlo.
—Ahora sí lo sabes.
Clara se quedó inmóvil.
Leonardo añadió:
—Y eso cambia algo.
—¿Qué?
—Que ahora la decisión es tuya.
Las palabras quedaron entre ambos.
Clara apartó la mirada.
—¿Quieres que vaya a la policía?
Leonardo tardó en responder.
—Creo que deberías.
—No te pregunté eso.
Lo miró.
—Te pregunté si quieres que lo haga.
Leonardo bajó la mirada.
Clara comprendió antes de que contestara.
—No quieres.
Él se pasó una mano por el rostro.
—No quiero que te pase nada.
—Entonces no es tan sencillo.
Leonardo volvió a mirarla.
—Nunca dije que lo fuera.
Clara caminó hasta la ventana.
El lago se extendía al fondo.
—Mis padres callaron para protegerme.
Leonardo no respondió.
—Y ahora tú quieres que yo hable porque es lo correcto.
—Sí.
Clara se volvió.
—Pero también acabas de admitir que no quieres que lo haga.
Leonardo permaneció callado.
Ella sonrió apenas, sin alegría.
—Entonces tampoco eres tan diferente a ellos.
La frase lo golpeó.
—No compares esto.
—¿Por qué no?
—Porque yo no estoy dejando morir a nadie.
—No. Pero estás pensando en protegerme.
Leonardo apretó la mandíbula.
—Eso no significa que crea que debas callar.
—Pero si decido hacerlo, ¿vas a denunciarme tú?
La pregunta lo dejó inmóvil.
Clara esperó.
Leonardo no respondió.
No hacía falta.
Ella bajó la mirada.
—Eso pensé.
El silencio se prolongó.
Finalmente Leonardo se acercó.
—No voy a entregarte.
Clara cerró los ojos.
Leonardo agregó:
—Pero tampoco voy a decirte que esto está bien.
Ella asintió.
—No necesito que lo hagas.
—¿Estás segura de que puedes vivir con ello?
Clara miró hacia el lago.
—Ya viví con algo peor.
—No sabías la verdad.
—Tal vez eso era lo único que me permitía hacerlo.
Leonardo se quedó junto a ella.
Clara respiró profundamente.
—No voy a decir nada.
Él no respondió inmediatamente.
Después tomó su mano.
No como absolución.
No como aprobación.
Simplemente porque seguía siendo su esposo.
Clara apretó sus dedos.
Y entonces comprendió algo que no le gustó.
Durante años había juzgado a sus padres sin conocer la decisión que habían tomado aquella noche.
Ahora conocía la verdad.
Y acababa de elegir el silencio.
Por razones distintas.
Con consecuencias distintas.
Pero silencio, al fin.
Lo que el agua guarda
Al caer la tarde, Clara tomó la urna que contenía las cenizas de su padre y caminó hacia el lago.
Leonardo la acompañó.
Se sentaron junto a la vieja plataforma de madera.
Durante varios minutos no hablaron.
Clara sostuvo la urna entre las manos.
—Pensé toda mi vida que había venido aquí para olvidar.
Leonardo giró ligeramente hacia ella.
—¿Y ahora?
Clara miró el lago.
—Ahora creo que me fui para no recordar.
El agua comenzaba a recuperar lentamente parte del terreno que había dejado al descubierto.
A lo lejos todavía se distinguían las marcas de las grúas que habían sacado el automóvil.
Clara miró la urna.
Pensó en su padre entrando al agua.
En su madre sosteniendo el teléfono sin marcar.
En aquellos segundos.
Después pensó en la conversación que acababa de tener con Leonardo.
Había querido creer que era distinta a ellos.
Que, puesta frente a la verdad, habría elegido mejor.
Ya no estaba tan segura.
Sus padres habían guardado silencio para protegerla.
Ella lo guardaría porque los muertos no podían reparar lo ocurrido y porque, aunque le avergonzara admitirlo, tampoco quería descubrir qué precio tendría que pagar después de tantos años.
Clara dejó la urna a su lado.
Leonardo continuó sosteniendo su mano.
Ninguno de los dos dijo nada más.
A lo lejos, el agua comenzó a cubrir las marcas dejadas por las grúas.
Clara la observó durante un largo rato.
Por primera vez entendió que el agua nunca hacía desaparecer las cosas.
Solamente sabía esperar.
Fin

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